Crónicas de un Linuxero en el País de Güindous
Crónicas de un Linuxero en el País de «Güindous» ó Cómo perder 3 horas de tu vida en una instalación "sencilla"
Hay verdades universales que todo usuario de Linux da por sentadas: el café debe estar caliente, la terminal en negro y los drivers de los componentes los gestiona el kernel sin que tú tengas que mover un dedo.
Pero a veces, la vida (o la familia) te obliga a abandonar tu zona de confort en Debian para descender a los infiernos del software comercial.
Esta es la historia de cómo una buena acción familiar se convirtió en una yincana de tres horas, diez reinicios y un reencuentro no deseado con el señor Bill Gates.
El detonante: El síndrome del autónomo saturado
Todo empezó por mi hija. Es joven empresaria, trabaja como autónoma y su día a día es puramente manual.
Llegó un punto en el que necesitaba desconectar el cerebro y relajarse jugando a algo en el ordenador.
Eso sí, con una regla de oro: el portátil de la empresa no se toca para jugar. Lógico.
Fue entonces cuando recordamos que mi hijo, ya independizado, había dejado en el trastero una torre de sobremesa.
En mi mente de linuxero —donde las GPUs sirven para compilar o ejecutar comandos y poco más— aquello era una máquina de la NASA porque recordaba que llevaba una tarjeta Nvidia 1080.
Bajé al trastero, rescaté el PC y me encontré el primer regalo: mi hijo se había llevado el disco duro principal "gordo" de varios terabytes y solo quedaba un SSD secundario de unos 512 GB. Al intentar arrancar, obviamente, el equipo daba menos señales de vida que un servidor sin corriente.
No pasa nada, tenemos hardware y tenemos una pegatina original de Windows 10 pegada en el chasis.
Como algunos de los juegos de mi hija eran exclusivos de Windows, decidí ser un buen padre, encender mi equipo con Debian, descargar la ISO oficial de Windows 10 y grabarla en un USB.
¿Qué podía salir mal? Spoiler: Todo.
Acto I: El disco fantasma y el "Ghosting" de Microsoft
Configuro la BIOS, meto el USB de Windows 10, arranco el instalador, le doy a avanzar y... sorpresa. Windows no ve ningún disco. La pantalla estaba más vacía que la sección de novedades de Internet Explorer.
¿Se habrá roto el SSD en el trastero? Para salir de dudas, saqué mi fiel USB Live de Debian. Arranco Linux y... ¡magia! Ahí está el disco, perfecto, sano y reconocible. Vuelvo a probar con el instalador de Windows y nada: el sistema de Redmond decidió hacerle ghosting absoluto a mi hardware.
Para asegurarme de que no era un fallo físico, inicié la instalación completa de Debian usando un receptor Wifi por USB que tenía a mano.
Resultado: 12 minutos exactos, un solo reinicio y todo el sistema actualizado, funcionando e incluso reconociendo la gráfica (desde aquí, un afectuoso saludo de Linus Torvalds a Nvidia). La Wifi iba como un tiro.
Volví a iniciar Linux, abrí la maravillosa herramienta hardinfo2 para auditar la placa base y me puse a investigar en internet. Resulta que el instalador de Windows no sabe reconocer ciertos controladores de almacenamiento modernos si no se los das masticados.
¿Quién se ríe ahora de los problemas de compatibilidad en Linux, Sr. Gates?
Tuve que buscar el driver específico en otra máquina, descargar un archivo ejecutable, extraer un montón de ficheros .cab tristes y meterlos en otro USB secundario.
Cuarta prueba, detecto los drivers manualmente en el instalador y, por fin, Windows "ve" el disco.
Acto II: La trampa de la nube y el festival del reinicio
Pensaba que lo peor había pasado, pero Windows 10 tenía otros planes.
De repente, el asistente me frena en seco: obligatorio iniciar sesión con una cuenta online de Microsoft.
Y para colmo, el instalador no era capaz de ver el mismo dongle Wifi USB que Linux había estado usando diez minutos antes sin despeinarse.
Vuelta al cajón de los "cacharros informáticos". Tras cuatro intentos arqueológicos, encontré una antena Wifi tan vieja que probablemente conoció a Windows 98. Sorprendentemente, esa sí la reconoció.
A partir de ahí, empezó el festival del bucle temporal. Conté exactamente 10 reinicios para terminar la instalación básica. Me pregunto seriamente si cuando salga Windows 11 necesitaré 11 reinicios, o si en Windows 12 tendré que pasar la tarde apagando y encendiendo el botón.
Por supuesto, durante el proceso me obligaron a crear la dichosa cuenta en la nube y a aceptar un contrato donde básicamente le cedía mis datos de navegación a Microsoft, porque los botones para desactivar el seguimiento estaban más escondidos que el Santo Grial.
Acto III: El espía que surgió de la barra de tareas
Una vez en el escritorio, abro "eso que parece un navegador" llamado Edge, que se parece más a un canal de teletienda lleno de publicidad que a una herramienta web, y lo uso para lo único que sirve: descargar un navegador de verdad (Firefox).
Configuro Firefox como predeterminado, respiro aliviado y abro el Administrador de Tareas para ver cómo respira el sistema. Sorpresa mayúscula: a pesar de no haber abierto Edge en toda la sesión, había al menos 8 instancias del navegador ejecutándose en segundo plano consumiendo memoria.
Investigando un poco el truco, descubrí la genialidad arquitectónica: cada vez que usas la barra de búsqueda de Windows para buscar un maldito archivo local en tu propio disco duro, el sistema operativo abre Edge por debajo de cuerda y le envía tus términos de búsqueda a los servidores de Microsoft. Eficiencia pura.
Epílogo: La odisea de los drivers pendientes (3 horas después)
Para rematar la faena, la Wifi moderna seguía sin funcionar y la gráfica Nvidia iba a resolución de los años 90.
Para arreglar la Wifi no me molesté en buscar en la web de Windows.
Fui a lo seguro: pinché el USB en mi portátil con Linux, ejecuté el comando lsusb en la terminal para ver el chipset exacto y el firmware que cargaba, busqué el archivo .cab correspondiente en la web del fabricante, lo metí en un pendrive y, tras una combinación de menús ocultos y absurdos en el Administrador de dispositivos de Windows, logré que aceptara el driver correcto.
Con la gráfica, lo mismo: otra media hora extra buscando el panel de control y los paquetes de drivers pesados de Nvidia para que la tarjeta recordara que es una GPU de videojuegos y no un chip integrado.
Conclusión
Balance final del combate:
- Linux (Debian): 12 minutos, 1 reinicio, todo el hardware funcionando a la primera automáticamente.
- Windows 10: 3 horas de reloj, 10 reinicios, telemetría obligatoria, dos USBs de drivers externos y un dolor de cabeza.
Cada vez que me veo obligado a instalar un Güindous, me asalta exactamente la misma duda existencial: con lo maravillosamente fácil, limpio y directo que es el pingüino hoy en día... ¿por qué demonios sigue siendo el sistema operativo más usado del planeta?
En fin... al menos mi hija ya puede jugar. ¡Que lo disfrute, porque a mí me ha costado media vida!
Postdata: El golpe de gracia (Porque Microsoft nunca se rinde)
Justo cuando pensaba que la tortura había terminado, que podía recoger los destornilladores y darme palmaditas en la espalda, el sistema decidió recordarme quién manda aquí.
En efecto: saltaron las actualizaciones de Windows.
Otras casi dos horas de reloj viendo barritas de progreso avanzar a la velocidad de un glaciar y pantallas con el mensaje "No apague el equipo". Cuando por fin el contador se detuvo y todo parecía estar (crucemos los dedos) ¿correcto?, el sistema me regaló una última pantalla que roza el surrealismo.
Resulta que Windows me avisa con total frialdad de que el soporte oficial para esta versión ya ha finalizado.
Pero ojo, que son muy generosos: como la pegatina del chasis tiene una licencia comercial específica, me ofrecen "apuntarme gratuitamente" a las actualizaciones de seguridad extendidas. ¿El límite? Hasta el 12 de octubre de 2027.
Sí, habéis leído bien. El mismísimo Día del Pilar de 2027 la carroza volverá a convertirse en calabaza, el sistema quedará totalmente expuesto y a mí me tocará volver a pelearme con este ecosistema.
Apuntado queda en el calendario.
Ese día, mi hija no sé qué hará, pero yo lo tengo claro: celebraré la fiesta nacional formateando esa máquina y metiéndole una Debian limpia en unos pocos minutos.

¡A tu salud, Bill!